¿Dónde quedó la discriminación inconsciente?




La discriminación inconsciente resulta ser la más difícil de combatir porque es casi imperceptible. Estos son los retos que hay alrededor del tema en el mundo.

Por: Ana Dolores Román, gerente general de Pfizer para Colombia y Venezuela.

Bogotá 03 de mayo 2021 -. La Asamblea General de Naciones Unidas conmemora desde 2014, en el mes de marzo, el Día Internacional de la Cero Discriminación, que se ha convertido en una plataforma para recordar la importancia de proteger el principio básico de la igualdad y el derecho que tenemos de no ser víctimas de discriminación.

Algunas publicaciones sobre este tema se centraron en promover la campaña de Onusida de eliminar leyes que generan exclusión a servicios esenciales o restricciones al modo de vivir de ciertas personas por el hecho de ser quienes son. Otras resaltaron luchas que han promovido múltiples organizaciones de derechos humanos frente a decisiones públicas que fomentan actos de discriminación racial por sexo, edad y sus condiciones físicas, mentales u otras.

La conversación este año se enfocó así en la manera de combatir la discriminación consciente y qué se ha hecho para afrontar las formas tradicionales en la que se presenta. Pero poco se habló de la discriminación inconsciente y menos de la relación que tiene con contextos en donde persiste la desigualdad.

La discriminación inconsciente se refiere a acciones o inacciones individuales y colectivas que, de forma involuntaria e indirecta, permiten un trato desigual. De acuerdo con la OIT, son “situaciones, medidas o prácticas aparentemente neutrales, pero que en realidad tienen un efecto negativo en las personas pertenecientes a un grupo determinado”. Tiene la particularidad de perdurar más en el tiempo y es difícil de combatir, porque es casi imperceptible.

Este tipo de discriminación se puede presentar, por ejemplo, en el lenguaje cuando contamos bromas que refuerzan estereotipos de género o de raza; o en la forma en la que percibimos la realidad, pues muchas veces hemos sido indiferentes, al encontrar espacios con infraestructura inadecuada para personas con alguna discapacidad.

Teniendo esto cuenta, hace unos días recordé los últimos resultados del informe sobre conectividad que presentó el Dane y pensé que, de alguna manera, hemos normalizado inconscientemente las existentes brechas en conectividad y acceso a internet, pues cerca del 44% de la población aún necesita lograr su acceso, un hecho clave para las proyecciones del país alrededor de la transformación digital.

Vamos por un buen camino para lograrlo, gracias al trabajo mancomunado entre los sectores público y privado, pero debemos persistir en este proceso para impactar positivamente a la población, especialmente a la rural, y así permitir su acceso a educación a distancia o la telemedicina, la cual se ha convertido en una alternativa segura y eficiente para garantizar el acceso al sistema de salud.

Es importante que sigamos haciendo conciencia sobre la discriminación inconsciente para buscar un trabajo colaborativo en eliminarla de nuestros pensamientos y acciones, y de esta forma seguir reduciendo las brechas de desigualdad en Colombia.

Públicado en Forbes, disponible aquí