Edición 214 - Inteligencia artificial: el nuevo motor de la competitividad empresarial 2026
Más rápida, más eficiente… ¿más riesgosa? La IA frente al derecho de la competencia

Por: Isabela de la Barrera, asociada del área de Propiedad Intelectual de Holland & Knight.
Imagine un mercado en el que los precios se ajustan solos, las decisiones estratégicas se toman en milisegundos y los competidores nunca duermen. Ese mercado ya existe y la inteligencia artificial (IA) es su arquitecta. En apenas unos años, la IA pasó de ser una promesa futurista a convertirse en el motor real de la innovación y el crecimiento empresarial. Hoy, analiza volúmenes masivos de datos, detecta patrones que al ojo humano le tomaría semanas identificar y automatiza procesos que antes consumían departamentos enteros, todo a una velocidad que ha redefinido lo que significa ser competitivo.
Un equipo de marketing puede segmentar audiencias con una precisión quirúrgica y personalizar experiencias en tiempo real; una cadena de suministro puede anticipar la demanda, reducir desperdicios y acortar tiempos de respuesta como nunca antes. Y no se trata de ciencia ficción importada: en Colombia, por ejemplo, el Grupo Éxito ya usa aprendizaje de máquina para ofrecer recomendaciones personalizadas, logrando que hasta el 90 % de quienes compran con ofertas personalizadas repitan la compra en los tres meses siguientes.

Pero, y aquí viene lo que pocos quieren recordar, el verdadero desafío no es adoptar la IA, sino hacerlo sin cruzar líneas que el derecho de la competencia ha trazado con claridad. Porque esa misma tecnología que nos deslumbra con su eficiencia puede, casi sin que nos demos cuenta, convertirse en un problema serio para la libre competencia.
Hablemos de algo que suena a un problema lejano pero que ya tiene a las autoridades antimonopolio del mundo en alerta: la colusión algorítmica. Cuando varias empresas competidoras usan algoritmos de fijación dinámica de precios alimentados por IA, estos sistemas pueden aprender solos a coordinar precios sin que nadie se haya sentado a pactar nada. Piénselo un momento: dos algoritmos que observan el mismo mercado, procesan los mismos datos y persiguen el mismo objetivo —maximizar utilidades— pueden llegar, por cuenta propia, a la misma conclusión de subir precios, sin que sus operadores crucen una sola palabra. Las autoridades de competencia ya han advertido que esa convergencia silenciosa puede equivaler, en la práctica, a un cartel.
Y el asunto no para ahí. Las empresas que acumulan grandes volúmenes de datos y despliegan sistemas de IA avanzados pueden terminar consolidando posiciones dominantes tan sólidas que resulten casi imposibles de desafiar. El análisis predictivo, esa herramienta tan valiosa para afinar la estrategia comercial, también puede usarse para implementar precios predatorios automatizados o discriminar algorítmicamente a competidores más pequeños en el acceso a plataformas digitales. A eso se suma algo que se discute cada vez más: cuando un mismo proveedor tecnológico suministra herramientas de IA a varias empresas que compiten entre sí, los datos que alimentan esos modelos (costos, márgenes, estrategias de precios) podrían facilitar, sin quererlo, una transparencia artificial del mercado que termine distorsionando la competencia.
Entonces, ¿cómo navegar estas aguas? Las empresas que quieran aprovechar la IA con tranquilidad necesitan incorporar, desde el inicio, una evaluación de riesgos de competencia en sus proyectos tecnológicos: auditar sus algoritmos de precios, establecer protocolos claros de gobernanza sobre los datos que comparten con proveedores y, sobre todo, capacitar a sus equipos en esa intersección cada vez más relevante entre tecnología y regulación antimonopolio.
La IA es, sin duda, un motor de crecimiento extraordinario y una ventaja competitiva que ninguna empresa puede darse el lujo de ignorar. Pero su implementación necesita ir de la mano de principios éticos y regulatorios que garanticen no solo la eficiencia, sino también mercados abiertos donde todos puedan competir en igualdad de condiciones. El futuro es algorítmico, eso ya no está en discusión. Lo que sí depende de nosotros es que las reglas del juego sigan siendo justas.
Abril 2026